Mujeres y la técnica: ¿una incompatibilidad de nacimiento?
Desde MET, su directora ejecutiva Soledad Salas afirmó que consideran que la persistencia de esta brecha de participación se debe a una combinación de factores “estructurales, organizacionales e individuales”. En principio, señaló una “socialización diferenciada” desde la infancia.
Bajo este escenario, se condiciona a las niñas sobre el rol de género ‘esperado’ en sus elecciones, las carreras que son consideradas “para mujeres” y las que no. Así, para Salas, los sesgos que se mantienen pasan por “sus habilidades para las matemáticas y las ciencias.
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Especialistas hablan de tratos diferenciales ya desde la infancia que desalientan la creencia de sentirse aptas para estas áreas.
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“Diferentes investigaciones muestran cómo ya en primer grado existe un trato diferencial hacia las niñas y cómo ellas ya desarrollan la creencia de que no son buenas para esa área”, apuntó y agregó que este panorama se extiende a las expectativas de sus comportamientos.
“Se espera que sean empáticas, amables, serviciales. Está bastante estudiado que si una mujer es determinada, se la toma como agresiva mientras que al varón como una característica de liderazgo. Estos sesgos van condicionando las oportunidades de permanencia y desarrollo en el sector”, completó la directora.
En coincidencia con esta visión, el maestrando en Economía Aplicada y miembro, Juan Martín Argoitia, expresó que la crianza, los juegos y los usos tecnológicos en la adolescencia “son factores que moldean intereses, además de desarrollar de manera diferencial habilidades clave”.
“Estimular la participación femenina es una responsabilidad que nos debemos como sociedad y todas sus instituciones -familia, escuela, universidades, instituciones, empresas, sindicatos – porque la baja participación se explica por esta cadena, que genera una especie de embudo desde la infancia”, agregó.
Interés vs hostilidad
Para la directora de MET, “las vocaciones no son innatas ni independientes de los mandatos”: “En las universidades y la industria persisten hostilidades más o menos sutiles“, detalló en referencia a burlas, comentarios sexistas, menosprecio de sus opiniones técnicas, la brecha salarial e incluso el acoso sexual.
A nivel individual, esto lleva a una inseguridad en comparación a sus pares varones, “especialmente en aquellas áreas más técnicas y masculinizadas”. Por su parte, la antropóloga Agustina Kupsch, y fundadora de Panóptico Cultural, cree que el aliento a la participación femenina en STEM se piensa muchas veces “desde una premisa equivocada: que el problema es ‘convencer a las mujeres’ de que pueden”.
“Las mujeres quieren estar ahí. El verdadero desafío es desarmar los entornos que funcionan como filtros invisibles. No se trata de capacitarlas para que se adapten, sino de transformar instituciones que siguen operando bajo una cultura pensada por y para varones”, subrayó.
En esa línea, la antropóloga amplió que desde Panóptico diseñaron un programa de becas en tecnología para mujeres de todas las edades y trayectorias, junto a una multinacional. A la iniciativa la definió como “un éxito” y que “más del 65% terminó siendo contratada por la compañía”.
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“Las mujeres quieren estar ahí. El desafío es desarmar los entornos que funcionan como filtros invisibles”, detallaron.
“Ese dato revela que el talento existe, lo que faltan son puertas flexibles y ecosistemas que reconozcan trayectorias diversas”, puntualizó Kupsch. A raíz del estudio Trayectorias laborales femeninas en la industria del software, de Fundar, Argoitia destacó que las mujeres tienen una presencia minoritaria -cerca del 30%- y que esa inserción es “asimétrica”.
“Más del 50% de los trabajadores varones ocupan roles técnicos mientras que ellas lo hacen con los de menor posición salarial, prestigio y centralidad”. Así, el especialista enumeró roles como programadores, desarrolladores, arquitectos de software, ciencia de datos, ciberseguridad y demás. Ellas ocupan, en un 42%, roles de apoyo y en un 30% funcionales (tareas de diseño, calidad, análisis, gestión de proyectos).
“Un primer sesgo para identificar es esta noción de que las mujeres tienen más aptitudes blandas por sus capacidades sociales y actitudinales y los varones para las técnicas”, agregó Argoitia.
Esta división, destaca, es un “arma de doble filo” por permitirle a las mujeres diferenciar sus perfiles, pero con la contracara de “una subestimación de esos saberes, que son fundamentales, pero no igualmente exigidos en varones”.
Otro sesgo pasa por las vocaciones: “Las inscripciones en iniciativas -estatales, privadas y de la sociedad civil- que ofrecen capacitaciones superan la capacidad de respuesta. Entonces, el interés está. Lo que sucede es que las trayectorias de las mujeres son menos lineales“, amplió Argoitia.
Así, el joven se refirió a que los antecedentes educativos de las mujeres “son mucho más diversos” luego de “pegar el salto a las tecnologías desde otras disciplinas”.
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Destacan el rol de las redes de mujeres en STEM para legitimar sus recorridos y desarticular inseguridades.
La abogada especializada en Derecho Penal y crypto Moira Goldenhörn indicó a este medio que la brecha “es la famosa tubería con fugas: el talento está, pero el sistema lo expulsa” antes de egresarse o insertarse en puestos estratégicos. La razón la ve en el techo de cristal, alimentado por diferencias salariales y baja representación.
Así, iluminó una arista adicional: “También cargamos con el síndrome de la impostora, esa vocecita que te dice que no estás a la altura aunque tengas títulos y experiencia de sobra”. Entonces, entre uno y otro, “nos terminan acorralando”.
“Por eso son vitales las redes de mujeres en STEM: nos damos legitimidad entre nosotras. Ante una búsqueda laboral, por cada duda en una mujer con miles de horas de formación, hay decenas de varones que prueban sin saber si la formación o experiencia alcanza. Se animan y eso es un privilegio cultural”, detalló.
Cómo combatir esta brecha y el rol estatal como “palanca”
Desde Panóptico, Kupsch cree que “el sesgo académico más profundo” está “en la imaginación cultural”: “Seguimos pensando al ingeniero como varón, con guardapolvo, aislado en un laboratorio. Cuando las mujeres entran en esos espacios, se las sigue leyendo como intrusas”.
Desde estos preconceptos, destacó que “ese peso histórico todavía define quiénes se sienten ‘legítimos’” en esos lugares. “Lo vemos cuando a una estudiante se la empuja hacia roles de soporte (‘organizar’, ‘comunicar’) en lugar de creación dura, o cuando se interpreta su error como una incapacidad y no como parte del aprendizaje”, apuntó.
Para finalizar, sostuvo: “Mientras no cuestionemos esas narrativas culturales, la brecha va a seguir repitiéndose aunque las cifras de matrícula mejoren”. Por su lado, Argoitia y Salas sugieren una serie de medidas a encarar desde las diversas instituciones y el Estado:
- Estimular vocaciones desde una temprana edad definiendo cupos para la participación.
- Fortalecer las trayectorias de las mujeres ya insertas, mediante redes de comunidad y acompañamientos a largo plazo (económicos, becas, mentorías).
- Apostar a la articulación entre actores públicos y privados para elaborar diagnósticos, diálogos y monitoreos (perfiles demandados, habilidades requeridas).
El miembro de Fundar hizo un llamado a la labor “fundamental” del aparato estatal “por su rol como coordinador entre actores y armonizador de criterios”: “El Estado tiene recursos a disposición, infraestructura y el papel de fiscalizar el cumplimiento de normas”, enumeró Argoitia.
En esa línea, detalló que los Gobiernos pueden operar “desde otras palancas productivas como las contrataciones públicas o estrategias de cofinanciamiento de soluciones informáticas que atiendan a esta mirada de género”.